jueves, 11 de octubre de 2012

Ausencia.

Cuando pienso en ti el dolor regresa y me aplasta como hacen los niños con las hormigas. Tu ausencia es mi castigo. Aunque sé que no puedo encontrarte, recorro día y noche el laberinto. Y dentro de mi estúpido corazón el deseo de verte crece y crece como un tumor de terciopelo. Tu ausencia marca el ritmo de mis horas e insomnios. He olvidado mi nombre, he olvidado cada cosa que no se relaciona contigo. La muerte me desgasta incesante y no quisiera morir sin ver en tus ojos el nivel del invierno. La vida es corta pero las horas son infinitas. Tu ausencia me rodea, me ahoga, me desgarra. Tu ausencia es mi único pecado y mi mayor condena. Tu ausencia es el beso invisible del ansia, el verano oscuro, las caricias invisibles. Las nubes pasan, las palabras se apagan y el dolor permanece. El dolor es mi perro fiel, el guardián implacable de esta cárcel atroz, de esta celda sin paredes a la que estoy confinado. Siento tu boca que roza la mía y huye hasta el fin del mundo. Tu imagen se forma y deforma en mi mente, las fuerzas me abandonan y sólo el dolor me sostiene. El dolor es mi único alivio. Busco el dolor como los insectos buscan la luz que les quema el alma. La vida te destruye en algún remoto lugar y mi memoria perfecciona cada uno de tus rasgos. Eres como siempre el resplandor y la lágrima, la dueña imposible de mis emociones. Antes de soñar el amor ya te soñaba a ti. Estás hecha de mi sangre y de mi nombre. Sé que aunque grite no vendrás, que tu ausencia invadirá mis huesos y borrará mi imagen de la mente de quienes me conocieron y juraron recordarme. Hoy es un día soleado, estoy a la deriva en un bosque de pinos. No sé cómo llegué aquí. Estoy esperando una señal, un evento secreto. Inmóvil sobre la hierba.




Efraim Medina.



A la mujer más injusta.




domingo, 7 de octubre de 2012

Rostro de vos.

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.

Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.

Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.

Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.

Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.

Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.

Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.




Mario Benedetti.


Carta.

Ojalá pudieras tú comprender tu deber de ser meramente un sueño de un soñador. De ser apenas el incensario de la catedral de los devaneos. De esculpir tus gestos como sueños, para que fueran sólo ventanas abiertas a paisajes nuevos de tu alma. De tal modo construir tu cuerpo con remedos de sueño que no fuera posible verte sin pensar en otra cosa, que lo recordaras todo menos a ti misma, que verte fuera como oír música y atravesar, sonámbulo, grandes paisajes de lagos muertos, vagas florestas silenciosas pedidas en el fondo de otras épocas, donde invisibles parejas diferentes viven sentimientos que nosotros no tenemos.
Yo no te querría para nada salvo para no tenerte. Querría que, soñando yo apareciendo tú, pudiera imaginarme todavía soñando -tal vez ni siquiera viéndote, pero quizás reparando que la luz de la luna había inundado los lagos muertos y que ecos de canciones ondeaban súbitamente en la gran floresta no explícita, perdida en épocas imposibles.
Mi visión de ti sería el lecho donde mi alma se adormeciera, niña enferma, para soñar otra vez con otro cielo. ¿Hablarías? Sí, pero que oírte fuera no oírte sino ver grandes puentes a la luz de la luna, unir las dos orillas del río que va a dar al anciano mar donde las carabelas son nuestras para siempre.
¿Sonríes? Yo no sabía nada de eso, pero mis cielos interiores estaban poblados de estrellas. Me llamas durmiendo. Yo no reparaba en eso, pero en el barco lejano cuya vela de sueño navegaba a la luz de la luna, veo marinas remotas.





Fernando Pessoa.




sábado, 6 de octubre de 2012

Ciento cincuenta palabras.




Esta noche escribí mil veces “Sí” (los conté, uno por uno) y en cada uno estaba su imagen –mil imágenes suyas pasando por una sola cabeza, que más que cabeza es puro cabello y caspa-  es como si cada gota de lluvia de hoy (por que todo el día ha llovido) me hubiese caído en un solo ojo. Como si mezclara mil cajas de plastilina de todos los colores (igual que cuando era más pequeña). Como si tuviera el cabello hasta los tobillos y una negrita en la playa me lo llenase de trenzas. Como si recortara todas las flores de mis vestidos y las sembrase… Sí, fueron muchas hojas. Pienso que ojalá de cada “sí” me salga un cuento, así al menos si usted no me deja pasar la vida viéndola, me la pasaría escribiéndole. – y eso que la he visto una sola noche (noche que bastó para espantarla)- 


J.C

martes, 18 de septiembre de 2012

Un sinfín de Ayeres.

Las ondulaciones de su vientre ocultas en sangre, sus pechos con puntas de melancolía, el humo cargado de droga y la pasión de sus mentiras entretejidos con cicatrices y espirales de colmillos, dique sobre dique de arpas sangrientas, de besos sofocados con amapolas y melancolía, de juventud consumida , matriz vuelta, cuerdas que chasquean con música fúnebre, música nocturna escrita sobre arena y la arena sembrada de estrella y ola que alumbra el nido del escorpión.

Mil años de melancolía se extendían entre los dos y ella no tenía respuesta que darle. A qué había que responder si la vida era un poema, la droga y el incienso de un sinfín de ayeres y mañanas.



un sinfín de ayeres
un sinfín de ayeres
un sinfín de ayeres
un sinfín de ayeres
un sinfín de ayeres
un sinfín de ayeres.



lunes, 20 de agosto de 2012

Poema sin nombre


Como una gran niebla ardida
desde todas las distancias emergiendo
o lo mismo que el horizonte...

Te recuerdo y vienen piando
las hojas marchitas del atardecer,
hermana, amiga, esposa,
a cantar la tonada del viaje y las guitarras
en las cruces lluviosas de mi padecimiento.

Llegas desde la orilla de las congojas sumas
con la cara trizada de eternidad y cantos.

Mis pájaros de alambre triste
se ahogan en tus crepúsculos,
y yo gimo mamando nieblas.

Voy como los perros mojados
a la siga de tu recuerdo,
sujetándome las palabras.

Desde tu ausencia está lloviendo, mi hijita;
las rotas lágrimas
extienden una gran cortina de pájaros agonizantes
encima de mi sueño enorme;
y desde la abertura de las noches caídas
cantan los gallos humosos...

(El invierno te llena de canciones amarillas) .

Sé que todos los barcos que emigran van a fondear en tu corazón,
que las golondrinas saludan con su bandera azul,
la melancolía morena de tus actitudes deshojadas y vagabundas,
y voy edificando canciones
a la manera que grandes ciudades extranjeras.

¡Quién degolló las gaviotas claras de la alegría
debajo de los ríos eternos?...
¿Quién canta desde el Poniente, la canción de todas las tristezas?
¿Quién enluta de llanto la enrojecida soledad,
alargándola en lo obscuro, obscuramente obscuro,
extendiéndola en lo amargo amargamente amargo
como una gran cama de sangre tronadora y crepuscular
o una gran manta violenta?...

¡Ay! querida, el tiempo se ha parado como un águila en tu memoria.

Tú das al Universo este color rodante
y este rumor violeta cruzado de cigarras;
la inmensa bruma aquella viene de tus sollozos;
siento que se ha trizado la curva de la tierra
al peso colosal de tu pie entristecido.

Los cantos dorados del tiempo, o por mejor decirlo, los mundos
                                                                       llovidos del tiempo
tiritan amontonados encima de mi angustia,
y una gran paloma negra se suicida en las arboladuras del occidente.

La pena cuadrada,
el dolor animal y rotundo, la llagadura horrenda de sentirse
¡medio a medio de la circunferencia!...
parado
¡medio a medio de la circunferencia!

Niña-Winétt!...
Y tu actitud de pájaro haciendo con besos la puntería a mi corazón.


Niña de las historias melancólicas, niña...


Niña de las historias melancólicas, niña,
niña de las novelas, niña de las tonadas
tienes un gesto inmóvil de estampa de provincia
en el agua de otoño de la cara perdida
y en los serios cabellos goteados de dramas.

Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente
como la eternidad encima de los muertos,
recuerdo que viniste y has existido siempre,
mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres,
toda la especie humana se lamenta en tus huesos.

Llenas la tierra entera, como un viento rodante,
y tus cabellos huelen a tonada oceánica,
naranjo de los pueblos terrosos y joviales,
tienes la soledad llena de soledades,
y tu corazón tiene la forma de una lágrima.

Semejante a un rebaño de nubes, arrastrando
la cola inmensa y turbia de lo desconocido,
tu alma enorme rebasa tus huesos y tus cantos,
y es lo mismo que un viento terrible y milenario
encadenado a una matita de suspiros.

Te pareces a esas cántaras populares,
tan graciosas y tan modestas de costumbres;
tu aristocracia inmóvil huele a yuyos rurales,
muchacha del país, florecida de velámenes,
y la greda morena, triste de aves azules.

Derivas de mineros y de conquistadores,
ancha y violenta gente llevó tu sangre extraña,
y tu abuelo, Domingo de Sánderson, fue un hombre;
yo los miro y los veo cruzando el horizonte
con tu actitud futura encima de la espalda.

Eres la permanencia de las cosas profundas
y la amada geográfica, llenando el Occidente;
tus labios y tus pechos son un panal de angustia,
y tu vientre maduro es un racimo de uvas
colgado del parrón colosal de la muerte.

Ay, amiga, mi amiga, tan amiga mi amiga,
cariñosa lo mismo que el pan del hombre pobre;
naciste tú llorando y sollozó la vida;
yo te comparo a una cadena de fatigas
hecha para amarrar estrellas en desorden.



La idolatrada


Montaña de versos, brazada de sueños
ardiendo,
tú
sobre mi sexo;
llaga de sol, llaga de miel, llaga de luz encima de las frutas clásicas,
incendio,
leña de pena...

Como camino polvoroso
de canciones,
como recuerdo polvoroso,
así
tu amor
embellece   y   alegra entristeciendo.

Viejo y negro pueblo de tórtolas crepusculares;
casa de los naranjos melancólicos
y las tejas lluviosas;
casona de herrumbre con gatos oblicuos y tristes;
con limoneros, solteronas y días domingos,
con villorrios y viajeros, con postinos de cansancio, con carretas de tonadas
en las vitrinas anacrónicas;
país de las provincias y los pianos ruinosos
bajo el poniente irremediable,
país de los sepulcros, los borrachos y las rutas de otoño,
yo.
y tú,
tú, pequeña, curiosa, morena, asomada en las ventanas...

Quiero la vida porque tú eres vida,
quiero la sombra porque tú eres sombra, mujer,
quiero la tierra porque tú eres tierra;
y tus besos como higos
                      como agua de fuentes rurales.
                      como uvas
llenas de mar, cantando desde las viñas cósmicas;
acepto la materia y la tristeza
porque tu carne es triste,
porque tu alma es triste
como la higuera de las parábolas.

Abierta
frente al universo
abierta,
eres cual una herida de la Tierra.
poblada de voces mundiales,
madura de goces fragantes...
¡palabras del siglo, muñeca con ojazos negros!...
panorama del hombre y del tiempo
cruzando mis huesos!...

Aventurero con espanto,
columpio mi gesto pirata,
como un fruto enorme y podrido,
entre la nada y la nada;
encima tú, como un beso en un mundo,
encima tú, temblando,
encima tú, como un canto en un muerto,
encima tú, como un nido en un árbol
estupendo,
paloma de las lindes últimas.

Eres clara como la muerte,
eres buena como la muerte
y profunda como la muerte;
dulce y triste como sol de invierno;
llena de nidos y frutos,
como un bosque inmenso o una humilde casa de campo:
arada por la maternidad,
los hijos te engrandecen como a la tierra el surco,
mujer, la idolatrada.
mujer, la idolatrada.

Hermana de la luna,
la pena,
la lluvia
y el destino de las cosas,
determinas el límite
de l0 absoluto y l0 infinito
con la rayita azul de tu existencia.

Embajadora de las golondrinas,
mujer, la idolatrada;
se enorgullece "Dios" de haberte hecho
y haberte mirado en los tiempos, haberte mirado en los mundos, haberte
                                                                               mirado en los sueños
frente a la creación, adolorida;
bendita y amada
por
los siglos
de
los siglos...
¡coronada de pueblos y de niños!...



sábado, 11 de agosto de 2012

El último intento.


Este es mi último intento de ser feliz
después de caer y vuelta a caerme de nuevo
con una palidez y un temor balbuceante
intoxicado por fresas venenosas.

Este es mi último intento de ser feliz,
como lo pensé, mi fantasma está parado ante un precipicio
y desea dar un salto por sobre todas mis heridas
hacia un lugar en que tiempo atrás fui hecho pedazos.

Allí sobre mis huesos rotos
una libélula muy serena se posa en ellos
y las hormigas tranquilamente vienen entrando
en las vacías cuencas de mis ojos.

Me he transformado en un fantasma. Me he ido de mi cuerpo,
me desprendí de mis huesos
pero sigo entre los fantasmas
y otra vez mi imagen se dibuja en tantos abismos.

Un cariñoso fantasma produce más terror que un cadáver.
Pero a ti no te dio miedo y me entendiste,
y juntos saltamos como si fuera un precipicio
pero el profundo abismo se extendió en unas alas blancas
y nos dejó en la niebla.

Tú y yo no estamos tendidos en una cama,
sino en la niebla que apenas nos sostiene.
Soy un fantasma. Ya no me quiebro mis huesos.
Pero tú continuas viva. Y tengo tanto miedo por ti.

Otra vez el cuervo gira en círculos funerarios
y espera por la carne fresca como en un campo de batalla.
Este es mi último intento de ser feliz.
Mi último intento de poder amar.





Quince minutos antes.


Llegue más temprano, como siempre, quince minutos antes para encontrar el lugar más visible, el lugar donde la luz llegara para iluminar más bonito, quince minutos para encontrar mi lugar.

 Los quince minutos de siempre para ver por donde llegaría, quince minutos para estar segura de que iba a ver la expresión de la cara suya al buscarme, ver como caminaba sin saber que yo estaba ahí, mirando, ver el cambio de sus pasos en el mundo cuando caía en la cuenta de que tenía mis ojos puestos en sus cabellos, en sus manos y en sus ojos, que veían como paso por paso se acortaba la distancia de nuestros cuerpos.

Quince minutos para planear un comentario bonito sobre la gente, sobre su camiseta. Quince minutos para descartar cualquier intento de poema cotidiano, cambiándolo por un abrazo que al final se convertía en un beso de mejilla contra mejilla.

Quince minutos perdidos porque ese día llovió y hubo que dejar el lugar con luz bonita para encontrar uno con techo, un lugar que probablemente no me dejaría ver sus pasos y los pasos de su amiga.
Primero llovió fuerte, después suavemente, pero era el agua suficiente para conservar los charcos. Llovía y hacia sol. Mi cuerpo caminaba bajo la chaqueta de su amiga para prohibir al agua tocar nuestras pieles, chaqueta que nos hacía mirar hacia abajo, mirar nuestros pies mojados.

Escampó.

Un café con leche, una gaseosa, un café con poquita azúcar. La amiga, mi amiga y yo. Un café con leche frente a mi café amargo. Ojos tristes frente a ojos tímidos; un encendedor antiguo, como regalo. Regalar un encendedor como regalar un recuerdo, regalar el recuerdo de una antigua amiga suya.

Caminar cinco minutos que multiplicado por tres era quince, para comprar un cigarrillo, y caminar diez minutos que multiplicado por tres era treinta, para sacar de un bolso un aerosol azul y rayar la pared de la construcción empantanada.

Dejar de contar el tiempo y empezar a contar historias.

La puerta del museo, más de quince personas en la fila, sonaba un violonchelo. Las sillas, nuestras tres sillas en la mitad de la mitad del salón, por razones de luz y estética. Mi mano sobre la mano de la amiga, las risas.

Terminó el concierto, mejillas contra mejillas.

La amiga y yo esperábamos el mismo bus.

Las personas, los asientos, el conductor, las calles, los semáforos.

Diecisiete minutos después, Ella bajó del bus de mi vida. 



J.C

domingo, 5 de agosto de 2012

La ventolera.


Silba el viento dentro de mí.
Estoy desnudo. Dueño de nada, dueño de nadie, ni siquiera dueño de mis certezas, soy mi cara en el viento, a contraviento, y soy el viento que me golpea la cara.


El hambre/2


Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame.

El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar. El sistema, que no da de comer,tampoco da de amar: a muchos los condena al hambrede pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.



domingo, 22 de julio de 2012

Diez y: (siete)

Uno.

Voy a coser cada recuerdo con puntadas muy pequeñas y pulidas
y se van a sostener todos tan juntos,
tan fuertes,
que podrán salir solos.



Dos.

Salieron a caminar los recuerdos
y aún no han vuelto.
No es tan tarde.
Estoy preocupada y digo en voz alta:
“no sé qué pensar”
y lo digo como un susurro,
casi in-oíble.
Lo digo tan bajo
que si no fuese porque vi
el movimiento de mis labios en el espejo,
lo hubiese confundido
con un pensamiento.


Tres.

Salí y pegué tu foto en
cada poste de luz que fue posible y yo
sólo sabia que eras tú porque los
únicos recuerdos que no cosí,
fueron el de los olores de mi vida.


Cuatro. 
No valieron cuantas fotografías
disolví por toda la ciudad/ en los carteles
no puse un teléfono, ni una dirección, ni si quiera un titulo de:
“perdidos”
¿los quiero encontrar?


Cinco.

Cambié de casa y de nombre.
No se van a quedar afuera por siempre.


Seis.

Descuelgo el paraguas que no
entra en las maletas y lo abro.
Caen los pétalos secos,
los pétalos secos de mis recuerdos.


Siete.

Desde que fuimos
lo que nunca más seremos, no había caído del cielo
más agua que la del rocío en la mañana.


¿Aún conservas mi foto?


J.C



martes, 17 de julio de 2012

Pájaro azul


Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?



lunes, 9 de julio de 2012

Místico.


(...)

¿Es que la mar recuerda
a quien la camina?

Goteras de moléculas. Las chimeneas
de la ciudad respiran, la ventana suda,
los niños saltan en sus cunas.
El sol florece, es un geranio.
El corazón no se ha parado.


La otra


(...)

¿tan intrigante es mi vida?
¿Por eso agrandas tus ojeras?

¿Es por eso por lo que se alejan l~ motas de aire?
No son motas de aire, sino corpúsculos.

Abre tu bolso. ¿Qué es ese hedor?
Es tu calceta, asiéndose

asiduamente a sí misma,
son tus dulces pegajosos.

Tengo tu cabeza contra mi pared.
Cordones umbilicales, azulrojizos, lácidos,

chillan desde mi vientre, cual flechas, y cabálgolas.
O luz lunar, o enferma,

los caballos robados, las fornicaciones
circulan útero marmóreo.

¿A dónde vas
sorbiendo aire como kilómetros?

Lloran oníricos adulterios
sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo

te introduces entre yo misma
y yo misma? Araño como un gato.

La sangre que fluye es fruta mate:
un efecto, un cosmético.

Sonríes.
No, no es mortal.



Soy vertical


Mejor querría ser horizontal.
No soy un árbol con raíces hondas
en tierra, sorbiendo minerales y amor materno,
refloreciendo así de marzo en marzo,
reluciente, ni orgullo de parterre
blanco de admirativos gritos, muy repintado,
y a punto, ignaro, de perder sus pétalos.
Comparado conmigo es inmortal
el árbol, y las flores más audaces:
querría la edad del uno, la temeridad de las otras.

Esta noche, en luz infinitésima
de estrellas, árboles y flores
han esparcido su frescura aulente.
Yo entre ellos me paseo, no me ven, cuando duermo
a veces pienso que me les hermano
más que nunca: mi mente descaece.
Resulta más normal, echada. El cielo
y yo trabamos conversación abierta, así seré
más útil cuando por fin me una con la tierra.
Árbol y flor me tocarán, veránme.





Metáforas


Adivíname: nueve sílabas
tengo, elefante, casa grande,
melón con sólo dos tentáculos.
¡Oh fruta, marfil, leño fino!
Dinero nuevo en este bolso.
Soy medio, escena, vaca grávida.
Comí muchas manzanas verdes.
Del tren en que voy nadie baja.

Solterona



Esta chica de quien hablamos
en un paseo de abril ceremonioso
con su último pretendiente
súbitamente se asombró muchísimo
del charlar de los pájaros
y las hojas caídas.

Así, afligida, ella
vio que los ademanes de su amante
agitaban el aire y se irritó
entre el caos de flores y de helechos
acres. Juzgó los pétalos
confusos, la estación ajada.

¡Cómo deseó el invierno!
Austeramente, en orden minucioso
de blanco y negro
de hielo y roca, todo deslindado,
de corazón a fría disciplina
sometió, exacto cual copo de nieve.

Pero he aquí: un capullo
de sus cinco sentidos de gran dama
una grosera confusión deduce:
traición intolerable. Que el idiota

se rinda al caos de la primavera:
prefirió retirarse.

Y rodeó su casa
de alambradas y muros impasables
contra el tiempo rebelde
tanto que nadie lo rompiera
con maldiciones, puños, amenazas,
ni con amor tampoco.