jueves, 23 de mayo de 2013

La sombra dorada.



Abro la verja del jardín sin nadie.
Espera mi llegada el viejo limonero
y al verlo me parece
que no hubiera pasado en parte alguna
todo este largo tiempo,
que siempre hubiera estado
sentado en esta sombra, silencioso,
viendo pasar los días
con la mirada turbia de los que nada esperan,
pero al fin sobreviven.
Con tanta asiduidad he recordado
este mismo lugar
que no es extraño
sentir la vuelta a casa
como un hecho casual como si ahora
volviera una vez más y simplemente
cerrara una vez más la misma puerta.
La casa es hacia dentro el laberinto
que siempre he perseguido. Permanece
sitiada por los muros
azules de la infancia,
por ecos de una edad sobrevenida.
En la azotea,
el puerto sigue siendo un sueño antiguo
y arriba en las estrellas
leo de nuevo
el rumbo del viaje que comienza.




Alvaro Valverde.

Ciudad de ceniza.

Una ciudad es todas las ciudades.

Cruzas el mismo andén, las avenidas
iguales y lejanas, tan inhóspitas
como esos edificios que proyectan
su luz vítrea y opaca en el asfalto.

Una ciudad es sólo un sentimiento
de euforia o de catástrofe, un círculo
que es suma de otros círculos
igual de fantasmales.

Es un azar, una ciudad; un tramo
entre dos direcciones de ida y vuelta,
y un idéntico fin y un mismo origen.

Con la mirada hundida, el paso rápido,
recorres sin cesar las mismas calles
que desoladas cercan tu destino.

Alvaro Valverde.


miércoles, 22 de mayo de 2013

De un Viajero.

Quise volver de donde no se vuelve.

Si el viaje duró lo que dura una vida,
fue el destino culpable.
Nada hice que hoy me recuerde el pasado.

Una bruma extravía los mares que cruzara
y en el puerto se cubren las balizas de sal.
De las ciudades guardo la nostalgia del límite
y ningún barco lleva el nombre de mi reino.

Demoré la llegada sin saber que perdía
esa clave dudosa que dibujan los atlas.
Sólo sé que fue inútil.
Viviré de olvidarme.

Álvaro Valverde.


Y de repende dije: esto es la vida.

Y de repente dije: Esto es la vida.
Esto y no más. Palpé su forma cierta.
La adiviné mortal. El alma, alerta,
vibró un instante toda estremecida.

El rojo amor con honda sacudida
-oh vida, oh viento- abrió la última puerta.
Y allá en el fondo de la estancia abierta,
brilló mi muerte entre la luz dormida.

Esto es la vida, dije, esto es la muerte,
ésta la tersa luz, la honda luz suave,
la cósmica pasión, el sueño inerte.

Esto eres sólo, sí. Y con paso grave
me adelanté hacia el fondo para verte,
llegué a la puerta y di vuelta a la llave.

Vicente Gaos.


A la tristeza.



Si no fuera por ti...
si no fuera por ti, que cada tarde
tuyo me haces cuando el sol declina,
cuando todo es tan bello porque es triste,
y hundes más mis raíces
de hombre en la tierra... de hombre inmensamente
solo bajo el poniente en que Dios huye.
¿Qué sería de todo, qué sería
de nosotros? Ah, nunca
nunca hubiéramos visto
el secreto misterio de las cosas.

Oh, tú, tristeza, madre
de toda la hermosura que ha creado
el hombre en el dolor que da tu mano
con su dulce castigo...
No te apartes de mí, ven cada día
a hacerme triste, a hacerme hombre, hijo tuyo...
Visítame.



Vicente Gaos.


Amanecer.

Siento llegar el día como un rumor de animales,
a la orilla del pantano, de la fiebre, del junco,
más allá, entre las colinas de viento oscuro,
donde la luz se levanta con desgarradas banderas,
como resplandor lejano de una montaña de cuarzo.
He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho,
el río que arrastra oro, la serpiente de coral,
el esqueleto del explorador, el fango de mis pies.
La noche ha quemado el maíz, ha apagado los metales,
ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la sangre,
ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja.
Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón:
eco en el abismo, piedra que rueda por el monte,
brillo en la puerta de la cueva, fosforescencia del hueso.
En la infancia, al pie del arco iris o del relámpago,
junto al cabrito que saltaba en torno a la madre,
jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca,
de suave pelambre estrellada, como un signo del zodíaco,
de rabia lenta y tensa, como el despertar de la furia.
Ahora siento en el aire límpido del bambú y el helecho,
surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda,
en la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas
descendiendo al río, a la cascada de transparente curva,
que resuena en sus diamantes como una leyenda.
Formas de la gracia, sus perfiles abandonan sus melenas
a la brisa; formas de la vida y de la muerte,
sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos;
formas del oscuro delirio, sus muslos se suavizan
como una fruta partida; formas del tiempo humano,
sus pies hacen temblar las flores silvestres.
Como el venado tras de su compañera en la colina,
persigo a una joven diosa desnuda, bajo el sol.
Viene el olor agrio de los árboles destrozados
por la ira de la noche; viene el olor de la sangre,
del animal devorado, el olor de los minerales,
el olor del río entre las raíces y las flexibles lianas.
El día derrama su transparente maravilla, como un vuelo,
como el color innumerable, como la crisálida
de herméticos destellos, como el insecto plateado,
como el hechizo en las formas relucientes,
como el vuelo de mariposas que salen de una gruta incendiada
y comienzan a temblar en el ardiente cristal.
Acerco mis labios al claro manantial de íntima música,
junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya;
mientras la nube pasa y el ave sale de su nido,
y la serpiente muestra su lengua maldita, y se enrosca,
y espera o avanza por la espalda sudorosa del día.
Me hundo en las palpitaciones reverberantes, en las ondas,
en el temblor divino, donde se abre la rosa de montaña,
en los brillos fugaces, en la imagen insondable de Dios,
que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de fuego,
y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche,
mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose,
devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas.
Soy el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.

Vicente Gerbasi.


martes, 21 de mayo de 2013

Presente.



Me desboco
En las arterias de tu música,
En sus ojos de neón.
Abrazo claros de luna.
Hago equilibrios
En las aristas de la madrugada,
Destruyo los límites,
Altero el orden de los días y las noches.

Para curarme
De la ceguera de tu boca,
Vierto licores envenenados
Que adhieran tus paredes
A las mías.
Enhebro en tu lengua
El hilo de mis deseos.
Me anudo en tus labios.
Danzo en tus vértices

Agotando las horas.



Goya Gutiérrez

Viernes

¡Risas bajo el sol,
marfil genuflexiones tímidas, las manos en las cosas de la tierra...
¡Viernes!, ¡qué verde era la hoja, y qué nueva tu sombra,
las manos tan largas hacia la tierra cuando, cerca del hombre taciturno,
meneabas bajo la luz la azul corriente de tus miembros!
-Ahora te han obsequiado un rojo andrajo.
Bebes el aceite de las lámparas y robas en la despensa;
deseas las faldas de la cocinera que es gorda y olorosa pescado;
miras en el cobre de tu librea tus ojos que se han hecho embusteros
y tu risa, viciosa.


John Perse Saint

jueves, 16 de mayo de 2013

Tengo el alma quemada.



TENGO el alma quemada

Por saliva de sapo

Fingiendo que descubro

Tapo

La palabra me infecta

Bajo la piel de apariencia

Pongo remedio seguro

Paciencia

En este mal no se vive

Pero tampoco se muere

Cuando el ave no vuela

Corre

Quien no llega a las estrellas

Las puede ver desde la tierra

Quien no tiene voz para el canto

Berrea




José Saramago.

martes, 14 de mayo de 2013

Dolores de palabra.



No es a mí al que se le queman los ojos,
no, no es a mí,
no soy el que es tragado por el sonido
de un televisor en una habitación oscura,
no soy ese al que el sonido y la marcha
de la vida le atravesaron la memoria,
no soy aquel muchacho
que tirado en un colchón frío
su corazón arrastra
contra el suelo,
llevo y no una herida en la memoria del color del cielo,
no soy ese,
no se fíen,
no lo vean diluirse con la lluvia,
no me vean tampoco a mí,
no soy el que tiene un poema
de humo en la garganta,
un poema
para su mamá
con el perfume de una cárcel
perdida en la memoria,
no soy ese, no puedo ser
el que abre las cortinas
para descubrir que no hay nada
en su pasado,
no soy la mano del niño
ni el golpe
ni la tierra
ni el olvido
el más remoto olvido,
mamá,
mi pasado es mi destino,
mamá,
hay un barranco en tus ojos,
de allí nacieron todos mis poemas,
eso también se lo dije a papá
en silencio alguna vez
pero no me creyó,
nadie cree nunca lo que escribo,
mi tristeza no es una ficción literaria
mi amor no es una ficción literaria
mi vida no es una ficción literaria,
tengo desgastadas las encías y me pudro
me pudro a diario mamá,
puedo verte asomar una caricia
otra caricia
abrazada a un gesto,
pero mamá,
te acuerdas mamá
de los guardias
de los niños,
mamá,
duermo entre tus manos
cuando estás lejos,
no lo entiendo,
no puedo, mamá,
no soy ese.


Jesús Montoya.





viernes, 3 de mayo de 2013

La gaviota.

La precisión,
la cadencia
de fuego,
la sobriedad con que se apuesta
entre el sudor y el viento,
el arenado refracta la luz
que te revelaría inmóvil.
Calzar a la medida
el arma de tu cuerpo,
el peso exacto
del silencio,
de la hora, detrás de la ventana.
Podrías estar en un pueblo
de México,
Arizona,
hay algo en este hotel
donde ya no recordás
qué viniste a olvidar.
Ahora el viaje te persigue,
cada mañana escapás
de cada noche
anterior.
El temporal presagia un punto
en que nada quede
en pie.
¿Pero estarás aquí
cuando limpien la playa de restos
de tejados, pájaros
y botes?
Ya no se ven las casas
pero están
y las banderas de Texaco.
Vendrán a buscarte.
El bus te encuentra en cualquier sitio
en que te hayas perdido,
saben que no sabés
dónde ir, como el mar
impunemente
deja a su lado lo que mata.
Hazte hombre, decís
a un mar atento a tu voz
de alto.
Masivamente pierde su eficacia,
las guerras por millones,
los accidentes de miles
nos aburren.
La sal
opaca el vidrio,
el fondo que parece
emerger es previsible,
ensimismarse es engañoso,
culpable de suicidar
o seducir.
Llevo una bala entre los dientes
cuando beso,
tengo en la lengua el gusto
a metal de la Hotchkiss,
tus muertos gozan
un funeral de escarabajos.
En los baños de rutas
o estaciones donde hago el amor
sin desvestirme, yo sé
-decís al mar que rompe
las sillas de la rambla-
lo que es un corazón,
se macera en lo mismo
que lo pudre
que es su orilla.
Aquí estoy
y no llegas,
sólo un escupitajo,
un toldo desgarrado,
como un adolescente.
Me alimento de verte.
Podés confiarme ese secreto
deseo de matar despacio
y razonado como un hombre,
hacer de tu vaivén una estrategia.
Un cazador
inventa su animal para matar;
en cada huella ve su sombra
a punto de saltar
a la existencia.
La hiena ríe última
y sola
ante los restos.
No confíes en quien bebe
ante un vidrio,
ante tu corazón que persiste
en desplegar su botín de espinazos
hebillas, caracoles,
lo que creés abandonar
te delata
con su resaca de oros,
todo es memoria
en perpetuo movimiento.
Soy, como vos, el cuerpo
de la bruma,
su límite, ir
y venir por nada que comprendas,
haszte hombre, yo te diré por qué
se agita el mar.
Tu amenaza, decís,
empieza a ser monótona,
constante tu inasible
país, tu lengua
que promete rodar en la saliva
del destino,
acabar en el vacío completo
de sentido, es decir
no escuchar.
Ya ves,
soy la granada a punto de estallar
en defensa del amor
en el momento del amor.
El bus
parece haberte olvidado,
los barcos no salen hoy,
estás atrapado
entre cielo y tierra.
La voracidad de la gaviota
resiste en el viento,
un plomeo abierto,
convincente,
cae en el alféizar.
Abrís la ventana y la llevás
a la mesa,
sabés que el barman se molesta
pero sos extranjero.
Boquea, metés los dedos
en el brandy
y dejás caer gotas
en el pico,
se retuerce con un grito afónico,
golpea contra la mesa
el ala destrozada,
se pegan plumas en tu vaso.
Vendrán a buscarte.
Vendrá el bus y el mozo
tirará el cuerpo a la basura,
dejás tus restos,
cumplís tus pactos.
El mar ruge, ciego,
después de todo no mata
para ver,
no entiende nada.
Te levantás,
esperás que te encuentren,
cada día en esos cuartos
con olor a cajones vacíos,
a cepillos o navajas olvidadas.
Cada ventana abriéndose
a un camino
que baja siempre al mar,
siempre un cartel
que dice usted está
aquí.
Siempre un lamento de gaviota,
animal de petróleo y basura
y viento,
decís, dando la espalda al mar.
Una pasión de metralla
requiere el silencio del cuchillo,
la sorpresa
en el discurso, ser
y desaparecer en acción.
Soy el disparo.




jueves, 2 de mayo de 2013

La noche de Tanabata.

Es la noche
de Tanabata
pero yo no sé dónde está
la orilla del río
del cielo.
Ni el cielo
lo dice.
No sé cuál es el puente
que nos une
y nos separa.
Yo no sé qué pasó,
la vida no es un lugar
seguro.
No hay ceremonias,
los amantes unidos
por un hilo de plata.
Sueño con calles
en las que estás caminando
mientras sueño,
al despertar es tarde.
Yo no sé qué hacer,
el amor es animal.
El camino terminaba
en un acantilado.
Iba un loco
en un coche policial,
feliz de andar en auto,
sentí miedo del dolor,
de la química,
de las palabras que se quiebran
de pronto.
Fuera de mí,
fuera de mi casa,
fuera de todo lo que te ofrecí
voy.
Pero vuelvo, no creas
que pedía más
que la intensidad del azul
ante el naranja.
Yo no sé qué pensar,
para qué
si no quiero entender,
si no hay razones
a veces.
No sé si creer otra vez
en signos que no sé leer
en el río del cielo.
No sé si buscar el puente,
quizá nunca lo hubo.
No sé qué decir,
acaso te convoco sin saber
adónde.
No importa,
haré una ceremonia incorrecta
mirando la luna.
Pregunto a tu parte oscura
si es cierto
que desayunamos juntos.
El tiempo pasa,
no hay aniversarios.
La vida gira
bruscamente,
yo no vi la señal.
Ya no sé si es mejor
perder lo que se debe
para encontrar,
antes me dije estas cosas
pero estoy cansada.
¿No hay nada que decir?
No hay nada que hacer
para desanudar las almas que se aferran
a otras almas anudadas
a otras almas.
¿No hay parte en el amor
que guarde algún recuerdo?
de la luz
sobre la contingencia.
Acaso es un torrente
continuo
y precisamente
por eso.
Ya no sé quién sos.
No pudimos despedirnos
de los muertos.
Así sin inhumar
el cuerpo de este amor
enterrará el próximo amor.
Como fui yo el cordero
bajo el mismo puñal
que habías recibido.
Ahora soy quien pregunta
al río:
el amor es un torrente
continuo
pero estamos fijos en el horror
de no permanecer.
Hasta el fuego
necesita adherencia,
sólo la noche existe
aunque nadie la mire.
Acaso el puente para dejar
en claro:
cada uno ocupa un sitio
diferente.
No era necesario,
siempre estamos solos,
siempre está a la vista.
No te pedía el alma
por un pacto,
ya no hay pactos,
“es la estrategia del demonio
hacer creer que ya no existe”.
Ya no sé si creer
en las palabras,
es la noche de Tanabata
y no lo sabés,
no leímos los mismos libros.
No sé el lugar
que no conozco,
no hay corazón tan sabio
ni vocación de tenerlo
ni quien
indique el camino.
No hay caminos,
es el momento para inventar
liturgias,
construir un gesto,
un filme o un río
para los separados eternamente.
Eternamente despidiéndose
de sí mismos.
Reconstruirse en el dolor
es otro dolor:
que lo desee
no hará que exista.
Preparo café,
ya no puedo sentir más frío
por hoy,
por este año.
Todo ha sido
una actuación en el vacío,
algo se quiebra
para instaurar.
En todo viaje, la ausencia
o volver,
se mueve el paisaje.
De todos modos el río
está cegado aquí,
tiene una sola orilla
y cada vez
se es más inteligente.
Quiero decir más triste.
Ahora sé
que está cayendo la noche
de Tanabata
como una noche
más.


Susana Villalba.



lunes, 29 de abril de 2013

Ridículas metáforas consensuales.


Yo amaba los columpios.
Yo amaba una mujer.

Un día la mujer me contó que en los columpios
las mujeres de cabellos serpenteados,
se marean.

Yo amaba los columpios.
Yo odié a una mujer.


Mi cabello es serpenteado*
Los columpios nunca me habían mareado*
Contemplé la posibilidad que ella propuso, efectivamente, me mareé*
Yo amé una mujer*
Yo odié esa mujer*
Murió la mujer –no envié flores-*
No me arrepiento*

Podrán marearme los columpios, pero nunca podrá marearme el fondo del mar.*
(ahora no tomo mujeres de la tierra. 
Lo que es del aíre al aíre; 
lo que es de la tierra a la tierra; 
lo que es del mar, no flota.)



J.C


domingo, 28 de abril de 2013

La tierra

No sé qué pensará de que
robe sus cigarrillos.
No sé qué pensará cuando
percibe que mi olor
es más similar al
sudor que al de flores azules.
No sé qué pensará cuando
estoy a su lado y no digo absolutamente
nada
durante una o todas las horas.
No sé qué pensará de mis labios mal pintados
o de mi ropa desgastada
o de mis uñas sucias;

Sé que hay poemas que
de título llevan su nombre.
Sé que no lee mi poesía y
que no juega con mi cabello.

Pero en algunas noches,
ella
sostiene mi mano;
y así,
sólo no tengo que
pensar.


J.C


lunes, 22 de abril de 2013

El hilo de mi vida.


Un carretel mi amor,
eres un carretel con tanto hilo.
Tu cabello es mi hilo
sí mi amor, tu cabello es el hilo de mi vida.

Tú coses mi cielo.

Somos unas telas muy suaves,
tan livianas, tan livianas
tan tersas, tan tersas
tan vulnerables, las más vulnerables
las incompatibles
las irresistibles
las irreales.


Somos las agujas mismas
que rompen puntada por puntada
la tela.

Eres el hilo (el vicio)
somos las telas
somos las agujas
somos el dolor de cada punzada
somos la sangre.
Somos el velo
un velo nítido
que no deja ver nada.


Somos el odio.
Somos la furia.
Somos.

Me coses
Me coses

Me sueltas, te suelto al viento
Sí mi amor, te suelto al viento que sale de mi boca
/ de nuestras bocas.

La inspiración
sí mi amor, eres la musa que duele
que hiere
que escarba.

Escarbas la tela (la tierra)
la tierra de la flor de lino que somos
que fuimos.

Eres la flor,
sí mi amor también los pétalos que
se enredan (ensartan) en mí
y los que caen en el rio
o en el suelo (también los que piso)
Eres la lluvia mi amor
la yerba
eres las hojas de hierba
como el libro que te gusta.

Las hojas (los ojos)
Las voces,
Los idiomas,
Sí mi amor eres el libro,
El poema
La concha de nácar de un botón tornasolado.
Cada metáfora (cada metáfora que no entiendo.)


Pero yo amor, coso los botones con las manos y
los arranco con los
Dientes.

J.C
inconcluso, pero
ya nadie hay que lo 
termine.


lunes, 15 de abril de 2013

Parque- final- elegía.



Era era.

Sus manos nacían al lado de cada cosa
y de cada flor.

Temíase siempre su rotura
y a ella parecían converger los números y las estrellas.

El amanecer encontraba sus cabellos perdidos
y sus ojos depositados en sus propias orillas.

La noche la sorprendía siempre entregada a
sus oficios más antiguos
acompasándose de un corazón nuevo y silencioso.

Era solícita y tempestuosa
y no se parecía en nada a la luna.

Álvaro Cunqueiro.

IX. Lied marino



Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del verano.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.

Álvaro Mutis

No tenemos conjuros.

Lo canta el adivino
Porque ha visto en los sueños
Naves purpúreas
O un jardín remoto
Todo habrá de llegarnos la celeste
Penumbra de un castillo el otro reino
O en la rama florida
De lo real la rosa fabulada
No tenemos conjuros
Quien crea en la leyenda
Puede mirar las nubes
Verá que empieza a detenerse el /tiempo.


Giovanni Quessep.

domingo, 14 de abril de 2013

Otros paisajes.

Empapelaste todas las ventanas
con otros paisajes.
Pintaste el techo,
y también tu infierno.

Te pusiste a bailar
dentro de ti,
te pusiste a bailar.

Le pusiste caras
a todas tus plantas.
Y a cada bombillo
decoraste con auras.

Y te pusiste a bailar
dentro de ti,
te pusiste a bailar.

Y por montones
los ventiladores,
pusiste en esquinas,
todos los rincones.

Cerraste los ojos
te pusiste a volar,
dentro de ti,
te pusiste a volar.

Camila López.


miércoles, 10 de abril de 2013

Las ventanas

En estas oscuras piezas, donde paso
días agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo
para hallar las ventanas. -Cuando se abra
una ventana habrá un consuelo- .
Mas las ventanas no están, o no puedo
encontrarlas. Y mejor quizás que no las halle.
Acaso la luz sea un nuevo tormento.

Constantino Petrou Cavafis.